Para el filósofo inglés, Bertrand Russel, Premio Nobel de Literatura, cualquiera que contemple el mundo iluminado por un ideal, ya busque inteligencia, cierto amor o sencillamente felicidad –o todo junto -, debe sentir una gran tristeza al ver las anomalías que inútilmente los hombres permiten hacer; y si es un hombre de fuerza y de energía vital, también debe sentir un apremiante deseo de conducir a los hombres hacia la realización de lo bueno que inspira su visión creadora.
Esa misión creadora iluminada por un ideal es la fuerza secreta de superioridad existencial. Tal vez, los ideales se distinguen por sublimes, pero de ellos depende alcanzar los sueños y la pasión por vivir. La carencia de un sentimiento noble, de un ideal que aliente y eleve el alma representa la caída al nivel de lo ordinario y común. Por eso toda mujer u hombre a de definir su misión y robustecerla, bajo la infinita inquietud de perfección que sólo las grandes personalidades presienten, anuncian o simbolizan. No importa que tan sencilla sea su misión o tarea, lo significativo es trascender esa individualidad por encima de sí mismo.
Esa misión ha de ser la sombra del destino, la cual ha de nutrirse del centro mismo del corazón; perfección inmaculada del ser, del conocer y la experiencia; fastuosa aurora que ilumina el paso de la grandeza sensible del entendimiento; contundente fuerza del carácter; melancólica imaginación con la magnitud de elevarse sobre la lastimosa realidad incierta; fantasía perfecta en su línea y modelo de inescrutable belleza de los actos más iluminados del valor en la vida.
Es la misión, donde los ideales son la fuerza que marcan en el alma a hierro ardiente el más fugaz de los pensamientos y de las creencias, enconadas en el remolino de la existencia misma del Yo. Como el espacio profundo del ser que se sostiene en la debilidad subjetiva del inconsciente. Pero también, es la fortaleza de la conciencia de ir siempre más allá de una simple ilusión ordinaria. Esa mujer, ese hombre, prende los ideales en su instinto constructivo, como espejo clarividente del espíritu mismo que lo anima, creando la voz interna, ineludible y excepcional, que transmite y reafirma su misión. De esta forma, asume la presencia de la alta responsabilidad, como un enfrentamiento directo e irresistible ante la historia, donde los aires de nostalgia son inmunes al tiempo y donde la emoción es augusta.
“¿Qué más puede pedir un hombre a la vida y al destino una vez que se ha enfrentado al mundo?”, señaló el estadista francés Charles De Gaulle. En sus famosos escritos sobre Los héroes, el escritor inglés, Thomas Carlyle, enfatizó: “¿Pretendéis grandes cosas? No las solicitéis: esto es lo propio”. Y agregaba: “No obstante, hay en todo hombre, la irresistible tendencia a desenvolverse con arreglo a la magnitud que la naturaleza dispuso para hacerle obrar y hablar conforme a lo que ella le concedió. Esto no sólo es conveniente, sino justo e inevitable; es además, un deber y aún podría decirse, la suma de los deberes del hombre. La significación de la vida terrestre pudiera definirse así: ¡desenvolveos vosotros mismos!; ¡trabajad con arreglo a lo que consientan vuestras disposiciones y facultades! Necesidad ésta del ser humano y primera ley de la existencia.” De ahí, que para el verdadero líder, no existe margen de desviación de la misión que lo impulsa y que ha de conformarse con la obligación natural que se ha concedido como parte inherente a su vida.
Para Carlyle, todo ser ha de creer en lo que siente su corazón y ha de definir para sí mismo su relación vital con el universo misterioso de la vida humana, y sobre ello, la misión, su deber o destino, y que fuere como fuere, para él ha de ser lo primordial, lo que ha de determinar fundamentalmente todo lo demás, como si fuera su propia religión: la manera como ésta y en la que él se siente estar espiritualmente relacionado con el mundo.
Esto es así, en la emoción del ideal esta la capacidad de innovar en cualquier plano de la vida, donde el ideal se convierte en la proa visionaria hacia una dirección y tiende sus alas hacia la excelsitud inasible, con el afán rebelde a todo lo que es ordinario. Como el acero, que va del fuego al agua y del agua al fuego, capaz de templarse para grandes acciones. Custodiando siempre su centro de energía vital, pues el temor de que se diluya es permanente. Sin esa energía queda inerte, frío. A esa vitalidad Julio César le llamaba su “Suerte”, Alejandro Magno su “Esperanza”, Napoleón Bonaparte su “Estrella”, Charles De Gaulle su “Destino” y Benito Juárez su “Deber”.
Una vida trascendente es una partícula de ensueño que se sobrepone a lo real. Es por ello que se admirará siempre la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los héroes, quienes fundieron en síntesis supremas visiones del ser, volando más allá de lo real.
La historia lanza al conocimiento de la humanidad la vida de seres empujados por la arrebatadora fuerza de una misión. Entre ellos, señaló Bertrand Russel, hombres que movidos de conmiseración por las grandes necesidades humanas, buscarán primero en el pensamiento y después en la acción alguna solución para mejorar la vida de los demás; algún nuevo sistema de sociedad menos lleno de males evitables que en el presente. Aunque desafortunadamente en el pasado, pocos hombres han podido interesar a las víctimas mismas de las injusticias que ellos querían remediar.
Los grandes precursores han sufrido y seguirán sufriendo por no avenirse a abandonar la lucha por sus ideales; ellos muestran que la misión o la esperanza que les anima no es el logro personal, sino el bien de la humanidad, de su pueblo, del futuro: sólo así su papel será eficaz.
David Rendón
deividrendon@hotmail.com
conferencialideres.com
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